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Discursos

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Discurso del Sr. Elmar Brok,
Presidente de la Comisión de Asuntos Exteriores, Derechos Humanos, Seguridad Común y Politica de Defensa
del Parlamento Europeo
Miércoles 10 de marzo de 2004


Preparación del Consejo Europeo (Bruselas, 25/26 de marzo de 2004) - Seguimiento de la CIG



Brok (PPE-DE). – (DE) Señor Presidente, señor Presidente en ejercicio, señor Comisario, creo que el Presidente en ejercicio ha identificado uno de los aspectos principales cuando ha destacado en su discurso que será muy difícil llevar a término la aprobación de la Constitución en una fecha posterior si se pospone ahora el proceso, porque nuestra conciencia colectiva disminuirá a medida que nuevos actores suban al escenario y porque la agenda política se desarrolla de tal forma que es prácticamente imposible resucitar un proyecto tras un año y medio. Por esta razón creo que la Presidencia irlandesa ha tomado el enfoque adecuado al tratar de establecer compromisos potenciales en gran número de conversaciones bilaterales.

Junto con el Sr. Hänsch, el Sr. Duff y otros hemos visitado un gran número de capitales durante los pasados meses y tenemos la impresión de que todo el mundo desea que se concluya el Tratado. Solo en un punto en particular resultó imposible llegar a un acuerdo. Sin embargo, me parece que los puntos de vista han empezado a converger y que el número de los que se muestran contrarios a un acuerdo ha disminuido. Por esta razón, y porque a medida que pasa el tiempo cada vez resultará más difícil, debería animarse a la Presidencia irlandesa a proponer en la cumbre del 25 de marzo la convocatoria de una cumbre extraordinaria incluso antes del 1 de mayo, de forma que pueda llegarse a un acuerdo.

Lo que perderemos si no podemos alcanzar un acuerdo sobre el Tratado Constitucional es la oportunidad de vincular la ampliación con una Unión Europea más eficaz y anclar la Unión Europea a una roca firme de valores comunes y transferir más poder a la ciudadanía, quien elegiría al Presidente de la Comisión a través de su voto en las elecciones europeas y, en virtud de la Carta de los Derechos Fundamentales, disfrutaría de un amplio abanico de derechos y garantías.

Yo también creo que no debemos poner en peligro este logro por medio de la perpetuación del mito de que existe una diferencia crucial entre los Estados miembros grandes y los pequeños. En los 24 años que llevo como diputado a esta Cámara, no he sido nunca testigo de una votación en el Consejo o en el Parlamento Europeo en la que los representantes de los Estados miembros grandes se alinearan contra los de los Estados miembros pequeños. Las votaciones están basadas en los intereses, tanto si los países producen vino como si no, etc. Así es como son las cosas, y este mito no debe interponerse en la toma de decisiones. Los Jefes de Gobierno deben reconocer claramente sus responsabilidades para asegurar que este mito no constituye un obstáculo al progreso y no deben usarlo de pretexto para quedarse quietos.

(Aplausos)

Esta es la razón por la que deseo exponer lo siguiente: con el presente proyecto de Constitución contamos con una oportunidad verdaderamente única para reunir al conjunto de nuestra Europa unida sobre el principio de la igualdad de las naciones y de los Gobiernos. Si esta empresa fracasara, Europa volvería a sumirse en una realidad de grupos que avanzan a velocidades diferentes con todo tipo de barreras entre ellos, sin prisa pero sin pausa. La responsabilidad de aprovechar esta oportunidad pesa sobre los 25 Jefes de Estado o de Gobierno, y ellos deben aceptarla.

Permítanme concluir realizando una comparación con la situación actual. En mi país, la asamblea parlamentaria que se reunió en la Iglesia de San Pablo de Francfort en 1848 aprobó una constitución democrática que hubiera allanado el camino a una Alemania unida democrática, y que el Rey de Prusia se negó a aceptar. Todos somos plenamente conscientes de las consecuencias de su decisión para mi país y para Europa. Los monarcas de hoy son los Jefes de Estado y de Gobierno. Espero que no cometan el mismo error fatídico que el Rey de Prusia cometió en 1848.

(Aplausos)



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